El calor era denso, como un manto pesado sobre Jerusalén. En el ala oeste del palacio, donde la piedra conservaba un tenue frescor, yo, Elías ben Samuel, tercer escriba de la corte, afilaba mi cálamo con mano inquieta. Los rumores, como serpientes, se deslizaban por los corredores: el rey Salomón, el Sabio, estaba enfermo. No era el declive silencioso de la vejez, sino una fiebre que le encendía la mirada y le secaba los labios. Y en medio de aquel temor, me llegó el encargo: transcribir, para su hijo y heredero, un cántico nuevo. No cualquiera, sino las palabras que el mismo rey, en un raro momento de lucidez entre los sudores, había dictado a su siervo más anciano. Un salmo. El número setenta y dos.
No trabajé en los salones de escribas, con su murmullo constante. Busqué el silencio de mi celda personal, una estancia pequeña con una ventana estrecha que miraba hacia el valle. El pergamino, de piel de cabra finamente curtida, esperaba sobre la mesa de cedro. Desplegué la primera hoja, la pesé con las manos de piedra pulida, y respiré hondo. El aire olía a incienso lejano y a tierra caliente. Entonces comencé.
"Concede, oh Dios, tus juicios al rey," decían las primeras palabras, trazadas por la mano temblorosa del anciano. "Y tu justicia al hijo del rey."
La pluma de caña susurró al contactar con la superficie. No copiaba; trataba de *ver*. Cada palabra era una semilla. Y mientras escribía "justicia", mi mente voló atrás, a los relatos de mi abuelo, sobre los últimos años de David, el padre. Las guerras, las traiciones, la sangre que parecía haber empapado la tierra prometida. Salomón había traído paz, sí. Riqueza, sin duda. Pero esta oración… no era para la paz de los almacenes repletos, ni para la gloria de un trono de marfil. Era otra cosa.
"Juzgará a tu pueblo con justicia," continuaba el texto, "y a tus afligidos con rectitud."
Dejé la pluma un momento. Cerré los ojos. No vi el esplendor del trono, sino las afueras de la ciudad, los barrios donde los techos eran de paja y el polvo se metía en todo. Vi al mercader fenicio engordando su bolsa a costa del granjero judío, que no entendía sus contratos enredados. Vi a la viuda cuyo pequeño campo era codiciado por un oficial con ambiciones. *Juzgará*. La palabra tomó peso, un peso de roca de molino. No era un deseo vago. Era una plegaria urgente, un mapa para un reinado que aún no existía.
Seguí escribiendo, y el salmo se abrió como una flor bajo la lluvia. "Los montes llevarán paz al pueblo, y los collados justicia." Mi mano se movía casi sola, y en mi interior crecía una imagen poderosa: no eran los montes de Judea, áridos y pedregosos, los que traían algo, sino la justicia del rey, descendiendo como un agua dulce desde las alturas, empapando la tierra hasta hacerla fértil. Una justicia que era tan tangible como la cosecha. "Defenderá a los afligidos del pueblo, salvará a los hijos del necesitado, y aplastará al opresor."
Aquí, el cálamo pareció clavar sus raíces en el pergamino. *Aplastará al opresor*. No negociará, no mirará para otro lado. Lo aplastará. Recordé la expresión severa, a veces despiadada, de Salomón en sus buenos días, cuando un caso de corrupción llegaba a sus oídos. Quizás el hijo heredaría eso también: la intolerancia sagrada ante la injusticia.
El sol, fuera de mi ventana, comenzaba su descenso, bañando la piedra de la ciudad en un oro líquido y profundo. El salmo tomaba entonces una dimensión cósmica, universal. "Vivirá, y se le dará del oro de Sabá; y se orará por él continuamente; todo el día se le bendecirá." No era solo una nación, era el mundo conocido el que se inclinaba. Caravanas desde el sur, desde el lejano reino de la reina, trayendo no solo tributo, sino reconocimiento. Y la plegaria no era solo de Israel, sino de todos los que buscaban un refugio: "Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna."
Una paz tan vasta que desbordaba el tiempo humano. Hasta que no haya luna. La frase me estremeció. Era la paz del Shalom final, la armonía restaurada de la creación. El salmo pintaba un rey que era más que un administrador; era un canal de bendición divina para toda la tierra. "Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra."
La luz se volvió tenue, y encendí una lámpara de aceite. La pequeña llama danzó, proyectando sombras alargadas de mis herramientas sobre la pared. Había llegado a los versos finales, las doxologías. "Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas. Y bendito su nombre glorioso para siempre, y toda la tierra sea llena de su gloria."
Aquí, la voz del salmo cambiaba. Ya no era solo la petición por un rey. Era el reconocimiento de que todo rey justo, todo gobierno de paz, era un reflejo pálido pero real del gobierno del Dios Eterno. El suspiro final del salmo, "Amén y Amén", resonó en el silencio de mi celda como el golpe suave de un sello sobre cera blanda.
Dejé la pluma. Mis dedos estaban manchados de tinta, mis ojos ardían de fatiga y de una extraña claridad. No había transcrito un simple poema palaciego. Había copiado un sueño. Un sueño divino para un hombre, para un hijo de David que quizás, solo quizás, pudiera encarnar una chispa de ese ideal abrasador. Un sueño de justicia que hacía germinar los montes, de paz que duraría más que la luna, de una autoridad que no oprime, sino que libera y bendice.
Me incorporé, los huesos crujiendo. Fuera, Jerusalén se hundía en el azul oscuro de la noche. Algún lugar, en las profundidades del palacio, un rey viejo y sabio luchaba contra la fiebre, y un príncipe joven esperaba, ignorante aún del peso de la oración que pronto descansaría sobre sus hombros. Y yo, un simple escriba, había tenido el privilegio abrumador de tender el puente entre ellos, con estas palabras que ahora secaban sobre el pergamino, esperando ser leídas, esperando, como toda promesa, su cumplimiento. Respiré el aire nocturno, cargado aún de calor y esperanza. "Amén y Amén," susurré hacia la ciudad dormida. Que así sea.
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