Era viejo, tan viejo que las líneas de sus manos parecían mapas de arroyos secos. Desde la piedra lisa frente a su cabaña, allá donde la colina besaba el mar, Elías veía el mundo y recordaba. No eran recuerdos de hazañas, sino de asombros. Y en las tardes quietas, cuando el sol se doraba sobre las aguas, su corazón murmuraba un canto antiguo, uno que había aprendido no en pergaminos, sino en la piel del mundo.
La brisa, esa misma que ahora acariciaba su barba blanca, le trajo el olor a sal y a pinos. Cerró los ojos y ya no estaba en la piedra, sino siendo un muchacho, descalzo y temeroso, la primera vez que presenció una tormenta desde aquel mismo risco. El mar, normalmente un manto de azul dócil, se había levantado como un gigante ofendido. Las olas, altas como montañas movedizas, rugían con una voz que le estremecía los huesos. El viento aullaba, arrancando espuma de las crestas para lanzarla como lluvia salada contra los acantilados. Él, escondido entre las rocas, creyó ver el fin de todas las cosas.
Pero después… después venía la calma. Siempre. Como si una mano inmensa acariciara la furia hasta aplacarla. Las aguas, que habían subido a las nubes y bajado a los abismos, encontraban su límite. Se retiraban con un suspiro largo y profundo, dejando en la playa un reguero de algas brillantes y conchas rotas. No era derrota. Era un volver a casa. “Tú pusiste un límite que no traspasarán”, pensó Elías, con las palabras del salmo fundiéndose en su memoria como cera caliente. “No volverán a cubrir la tierra”. Aquel no era un castigo, sino un abrazo. El abrazo de un orden, de una palabra dicha sobre el caos que lo hacía habitable. Él lo había visto, y nunca lo olvidó.
Sus días transcurrieron entre el monte y la orilla. Aprendió a leer el libro del mundo. Los manantiales que brotaban, frescos y cantarines, de las grietas de la roca en lo alto de la sierra. Él seguía su curso, bajando por las quebradas, viendo cómo esos hilos de plata se juntaban, se hacían torrente, después río tranquilo, y finalmente se perdían, rendidos, en la inmensa sed del mar. “Tú eres quien envía los manantiales a los valles”, murmuró una vez, cansado después de una larga caminata, bebiendo agua helada de su cuenco. El agua no estaba allí por casualidad. Fluía por designio, llevando vida a las raíces de los cedros, a la hierba donde pastaban las cabras monteses, a los huertos de la aldea. Cada gota tenía un camino señalado.
Y los árboles. ¡Los árboles del Señor! En las laderas altas, los cedros se alzaban como columnas de un templo sin techo, y en sus ramas gruesas, las cigüeñas hacían sus nidos, torpes y elegantes a la vez. Él se sentaba por horas, viendo el trajín de las aves, el ir y venir con ramitas y alimento. En los zarzales más bajos, los conejos tenían su madriguera, y en la espesura, entre las sombras verdes, escuchaba el ruido sigiloso de los jabalíes. Todo tenía su casa. Todo encontraba su sombra, su alimento, su espacio bajo el sol. “Beben todos los animales del campo, y los asnos monteses apagan su sed”. Hasta el asno salvaje, tosco y desconfiado, tenía su porción asegurada.
Pero la lección más honda le llegó de noche. En las noches de verano, cuando el calor del día se aferraba a la tierra, Elías subía a lo más alto de la colina. Tendía su manta áspera sobre la hierba seca y se recostaba, mirando arriba. Allí, en la bóveda oscura, centelleaba la obra más callada y vasta. La luna, fría y serena, marcaba los meses, las fiestas, el tiempo de la siembra y la cosecha. Y el sol… el sol sabía su hora de ocultarse. Él había visto morir el día mil veces, y cada ocaso era distinto. Unos, con furia de carmín y oro sobre las naves de pescadores; otros, con una paz lila y azul que se bebía la luz poco a poco. La oscuridad entonces no era vacío. Era el turno de las criaturas de la noche: el ulular de la lechuza, el aullido lejano de los lobos en el monte. “Tú haces la oscuridad, y es de noche”. No era el fin, sino otra fase de la canción. El león rugía entonces, reclamando su presa de Dios, y al alba, se retiraba a su guarida, mientras el hombre salía a su labor. Era un ritmo, un balance perfecto y terrible.
Ahora, viejo y con las fuerzas menguadas, Elías sonrió. Su mirada, turbia por los años, recorrió el horizonte. Allí estaban los barcos, como puntos negros sobre el brillo líquido, y pensó en el verso: “Ahí andan las naves, y el Leviatán que hiciste para que jugara en él”. No sentía envidia por los marineros que surcaban lo profundo. Su aventura había sido otra: descubrir, en cada detalle, el dedo del Artífice. En la hierba que alimentaba al ganado, en el vino que alegraba el corazón del hombre, en el aceite que hacía brillar el rostro. Todo era dádiva. Un regalo continuo, sostenido por un aliento.
“Si escondes tu rostro, se turban”, sabía. Había años de sequía, de hambre, donde la tierra parecía olvidada. Había visto el polvo tragar los arroyos y el ganado perecer con los costados hundidos. Pero siempre, siempre, llegaba de nuevo el susurro. Una lluvia fina. Un brote verde en la tierra agrietada. La vida, frágil pero tenaz, volvía. “Envías tu aliento, son creados, y renuevas la faz de la tierra”.
Un pájaro pequeño, un jilguero de pecho amarillo, se posó en la piedra, a un palmo de su mano. Lo miró con ojos redondos y brillantes, cantó una nota clara, y voló. Elías respiró hondo. El aire olía a vida, a tierra mojada, a infinitas posibilidades. Su canto interior, el salmo de toda una vida, ya no necesitaba palabras. Era gratitud. Un asombro que había crecido en silencio, como el musgo en la roca, hasta cubrirlo todo.
El sol comenzaba su descenso, tejiendo un camino de oro sobre las aguas. Pronto sería la noche, y después, otro amanecer. El ciclo, bello y fiel, continuaría. Él era solo un testigo, un anciano en una piedra, pero en su pecho latía, tan cierto como el mar, la certeza gozosa de que todo, absolutamente todo, provenía de una bondad primera y última. Y eso bastaba. Eso era más que suficiente.
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