Del Fango al Canto Nuevo

Había un hombre, o más bien, la sombra de lo que un hombre fue, en un lugar que no era un lugar. Un hoyo, sí, un pozo de lodo espeso y frío que no era metáfora, sino una realidad que le envolvía hasta la barbilla. El silencio no era...

Del Fango al Canto Nuevo

Había un hombre, o más bien, la sombra de lo que un hombre fue, en un lugar que no era un lugar. Un hoyo, sí, un pozo de lodo espeso y frío que no era metáfora, sino una realidad que le envolvía hasta la barbilla. El silencio no era ausencia de sonido; era el murmullo pegajoso del cieno desplazándose, la soledad de una cisterna abandonada. No recordaba cómo había llegado allí. Solo sabía que cada movimiento, cada intento de sacar un brazo, solo conseguía hundirlo más. El barro era su sudario, su prisión y su sepultura anticipada.

Los días, si es que se podían llamar días, pasaban en una monotonía opresiva. Desde el estrecho círculo de luz allá arriba, lo único que cambiaba era el tono del cielo: a veces un azul despiadado y alegre, otras un gris plomizo que concordaba con su desesperanza. Gritó, al principio. Con todas sus fuerzas. Pero su voz se perdía en las paredes de tierra, absorbida, devuelta como un eco débil y ridículo. Sus fuerzas se escurrían. El frío del lodo, especialmente en la noche, le calaba los huesos. Comenzó a acariciar la idea de rendirse, de dejar que el fango le cerrara la boca y los ojos, de convertirse en una parte más de aquella fosa.

Pero una mañana, con una claridad que no provenía del sol sino de un lugar más profundo que sus entrañas, algo se quebró dentro de él. No fue un grito de fuerza, sino un susurro de derrota total. Ya no tenía súplica, solo la evidencia desnuda de su ruina. “Desde el abismo,” pensó, o quizás dijo, porque sus labios se movieron, “desde este fango que soy, te grito.” No dijo más. No había más palabras.

Y entonces, ocurrió.

No hubo terremoto, ni un rayo de luz cegadora. Fue algo más íntimo y por eso más poderoso. Sintió, primero bajo sus pies, algo sólido. No era una roca que emergía, sino la certeza repentina e inquebrantable de un fundamento donde antes solo había vacío. Una fuerza, tranquila e imparable, comenzó a levantarlo. No era que sus brazos de repente tuvieran vigor; era que el lodo perdía su agarre voraz, se convertía en agua sucia que resbalaba. Subió, no como un héroe, sino como un niño sacado de una bañera, desvalido y tembloroso. Manos que no vio, pero que sintió con la certeza del aire en sus pulmones, le asieron de los brazos. Lo sacaron del pozo y lo depositaron, débil y chorreando miseria, en la tierra firme.

Se desplomó de rodillas. La hierba áspera le rasgó la piel, un dolor delicioso y real. Olía a tierra húmeda, a vida. Levantó la vista. El mundo era enorme, desordenado y hermoso. El cielo no era solo un círculo, era una bóveda infinita. Y en su pecho, algo estalló. No era un canto aprendido; era un gemido de gratitud que se transformó en melodía. Una canción nueva, con una tonalidad que nunca antes había existido, porque nacía de su rescate único. Se la cantaba al silencio, al aire, a Aquel que había inclinado Su oído. Los que pasaban por el camino, al ver a aquel hombre cubierto de secas costras de barro, con los ojos desorbitados de asombro, se detenían. Y al escuchar aquella melodía áspera y verdadera, un temor reverente, un asombro limpio, se apoderaba de ellos. Porque reconocían en aquel canto el eco de una liberación que todos, en algún rincón del alma, anhelaban.

Los días que siguieron fueron de aprendizaje lento y gozoso. Era como si le hubieran dado nuevos ojos. Descubrió que el Eterno no se deleitaba en sacrificios rituales, en holocaustos repetidos por inercia. Lo vio claro una tarde, observando a un sacerdote anciano en el templo, cuyo corazón estaba lejos mientras sus manos realizaban los movimientos exactos. No, lo que había removido los cimientos de su pozo no era una ceremonia. Había sido el grito de un corazón quebrantado. Y ahora, ese mismo corazón, agradecido, era lo único que podía ofrecer. “Me abriste los oídos,” murmuraba a menudo, palpando el lóbulo de su oreja como si pudiera sentir la apertura. No para escuchar leyes grabadas en piedra, sino una ley escrita ahora con fuego en su propia carne, en su voluntad. “He aquí que vengo,” se decía, y era un venir diario, un ponerse en marcha hacia la voluntad buena, agradable y perfecta que sentía como un surco fértil en su interior.

No calló aquella salvación. En las asambleas, cuando le daban la palabra, su testimonio no era pulido ni elocuente. Balbuceaba, a veces se emocionaba hasta las lágrimas. Pero hablaba de la fidelidad del que salva, de Su bondad, de Su verdad. No ocultaba su pasado de lodo, porque era la medida de la gracia recibida. Sus palabras no eran doctrina fría; eran fuego y agua viva.

Sin embargo, la vida en la tierra firme no era un paraíso. La liberación del pozo no lo había liberado de la condición humana. Nuevos peligros acechaban, más sutiles que el cieno, más dolorosos que el frío. Enemigos que antes ignoraban su existencia, ahora le veían como una amenaza a su cómodo orden. Calumnias que eran como lazos tendidos en su camino. Desgracias que caían como piedras. Y en su propio pecho, a veces, asomaba la antigua sombra, la debilidad que le recordaba cuán cerca estaba, todavía, del borde de cualquier otro abismo.

En esos momentos, volvía la vista atrás. No con nostalgia del sufrimiento, sino con la memoria viva de la roca bajo sus pies. Y elevaba de nuevo su voz, pero ahora desde un lugar diferente. Ya no desde la profundidad sin esperanza, sino desde la vulnerabilidad del que camina en la luz pero ve las nubes acumularse. “Tú, oh Eterno, no retengas Tus entrañas de misericordia,” suplicaba, y la palabra “entrañas” la decía con la fuerza de quien sabe que fue sacado de las mismas entrañas de la tierra. “Que Tu amor firme y Tu verdad me guarden siempre, me protejan. Porque me han cercado males sin número, mis propias culpas me alcanzan…”

La oración no era mágica. Los problemas no se disolvían al instante. Pero algo cambiaba dentro. La desesperación no encontraba dónde agarrarse. Porque recordaba. Recordaba el cieno, la mano firme, la canción nueva. Y en medio de la tormenta presente, una paz antigua y a la vez fresca, como el sonido del agua en un cántaro, se hacía lugar. Sabía que el que había inclinado Su oído una vez, no se había vuelto sordo. Solo estaba aprendiendo a esperar. A esperar con los pies en la roca, la mirada en el horizonte incierto, y el corazón lleno de una vieja canción que seguía siendo, y sería siempre, nueva.

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