El aire sobre el desierto temblaba, cargado de un calor que hacía vibrar el horizonte. No era el calor seco y límpido del mediodía, sino el peso opresivo de la tarde, cuando el sol, ya declinante, parecía extraer hasta el último aliento de humedad de la tierra agrietada. Pablo, sentado en un taburete tosco en el cuarto trasero de su alojamiento en Éfeso, dejó el rollo que estaba consultando. No veía las paredes de barro secado al sol, sino las vastas llanuras de arena y roca. No sentía la brisa salina del Egeo, sino el viento áspero del Sinaí, cargado de polvo y memoria.
Tenía que escribirles a los de Corinto. Y no con argumentos filosóficos pulidos, no esta vez. Debía hacerles sentir la arena en los dientes, el sabor amargo del agua de Mara, el peso abrumador de una columna de nube que guiaba y a la vez asfixiaba con su majestad constante. Tomó el cálamo, lo mojó en la tinta espesa, y empezó a trazar las letras con una energía contenida.
“Hermanos, no quiero que ignoren…”, comenzó. Pero se detuvo. Sonaba a mero prefacio. Necesitaba que vieran. Que lo vieran.
“Todos nuestros antepasados”, escribió, cambiando el rumbo, “estuvieron bajo aquella nube, atravesaron todos aquel mar”. Podía imaginarlos, a esa multitud informe de esclavos recién liberados, apiñados en las orillas del Mar de los Juncos, el pánico y la esperanza mezclados en sus rostros. El agua, como dos muros líquidos y temblorosos, el camino de barro húmedo bajo los pies. El estruendo atronador de las carrozas del Faraón, cada vez más cerca, y luego, el silencio sepulcral cuando las aguas volvieron a su lugar. El crujido de los cascos y las ruedas al hundirse, un sonido lejano y húmedo. Todos, literalmente todos, habían pasado por esa salvación bautismal. Todos habían comido el mismo maná, una sustancia blanca y frágil como escarcha, que sabía a lo que uno necesitara que supiera. Todos habían bebido de la misma roca espiritual que les seguía. Pablo incluso dejó que una nota de asombro se colara en la tinta: “y la roca era Cristo”. No era una alegoría bonita; era la realidad oculta detrás del milagro visible, el sustento invisible de aquel pueblo errante.
Pero entonces, la pluma se volvió pesada. Porque la historia no terminaba en la liberación, sino en los huesos blanqueados al sol. “Sin embargo”, garabateó, la palabra como un golpe seco, “la mayoría de ellos no agradaron a Dios, y sus cuerpos quedaron esparcidos por el desierto”.
Y aquí estaba el meollo. No era una lección de historia. Era un espejo. Un espejo colocado brutalmente frente a la comunidad de Corinto, con sus divisiones, sus orgullos espirituales, su confianza temeraria.
Pablo los transportó, uno por uno, a las escenas del fracaso. No los enumeró como en un sermón; los evocó como un narrador que ha estado allí. La idolatría. No solo el becerro de oro, ese toro joven y reluciente bajo la luz cruel del desierto, sino la lenta corrosión del corazón que lleva a sustituir al Dios invisible por algo que se puede tocar, controlar, poseer. Como los corintios, que creían poder sentarse a la mesa en los templos de los ídolos sin consecuencias. La inmoralidad sexual. Recordó el llanto silencioso en las tiendas cuando la plaga golpeó después de Baal-peor, la confusión de los deseos desatados que terminaban en muerte. ¿Acaso ellos, en una ciudad famosa por su libertinaje, pensaban que la gracia era una licencia? La puesta a prueba de Cristo. El murmullo constante, sordo como el zumbido de moscas sobre la carne salada: “¿Está Dios realmente entre nosotros? ¿No sería mejor Egipto?”. Un desafío cansado, amargo. Y la murmuración. Esa era la más insidiosa. No un grito, sino un cuchicheo que se propagaba de tienda en tienda al anochecer, un veneno que echaba raíces en la insatisfacción, en la comparación, en la queja por la monotonía del maná. ¿No había entre los corintios murmullos similares? ¿Críticas a Pablo, a Apolos, a Pedro? ¿Quejas sobre los dones del otro, sobre la preeminencia del propio?
“Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros”, escribió, y la letra se afiló. “Para que no codiciemos lo malo, como ellos lo codiciaron.”
Podía sentir la resistencia de algunos lectores en Corinto. Hombres cultos, seguros de su conocimiento, diciendo: “Somos fuertes. La idolatría es para los débiles. Nosotros comprendemos que el ídolo no es nada”. Pablo apretó los dientes. La seguridad era el primer paso hacia la caída. “Por tanto, el que piensa estar firme, mire que no caiga.”
Y entonces, la transición crucial, del desierto al ágora de Corinto. La cuestión concreta de la carne sacrificada a los ídolos. No era una discusión teórica. Era el olor a carne asada que venía del templo de Asclepio, la carne que luego se vendía en el mercado a precio rebajado, la cena en casa de un amigo pagano donde ese mismo manjar era servido. El conocimiento decía: “El ídolo no existe. La carne es solo carne. Soy libre”. Pero la comunidad, el hermano más débil con su conciencia tierna y temerosa, gritaba en silencio.
Pablo no despreció el conocimiento. Lo puso en su lugar. “El conocimiento hincha, el amor edifica.” Y trazó una imagen poderosa, simple: la Cena del Señor. “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo?” Allí, en la mesa común, con un solo pan, estaban unidos de una manera misteriosa y profunda. No podían, no debían, partir de esa unidad para ir a participar de la “mesa de los demonios”. No era que el ídolo fuera algo, sino que detrás de esa práctica cultural, social, aparentemente inocente, había una realidad espiritual de alienación y muerte. Era beber la copa del Señor y la copa de los demonios. Era querer tener ambos mundos. El desierto había enseñado que eso era imposible.
Finalmente, su tono se suavizó, no hacia la condescendencia, sino hacia una solidaridad fatigada. “Ninguna tentación les ha sobrevenido que no sea común a los hombres.” Lo sabía bien. Lo había vivido. El desierto no era solo un lugar geográfico; era la condición humana. La tentación de poner algo, cualquier cosa, en el lugar de Dios. La tentación de ceder al deseo inmediato. La tentación de quejarse, de dudar, de creerse por encima del peligro.
“Y fiel es Dios”, escribió, las palabras fluyendo ahora con un alivio profundo, “que no permitirá que sean tentados más allá de lo que pueden soportar, sino que junto con la tentación proveerá también la salida, para que puedan resistir.”
Esa era la promesa escondida entre las advertencias. No estaban solos en su Corinto idolátrico y dividido, como Israel no había estado solo en su desierto árido y hostil. La misma Roca los seguía. La misma fuente estaba disponible.
Pablo dejó el cálamo. La luz en la habitación se había vuelto dorada y larga. El calor no había disminuido, pero ya no era opresivo. Respiró hondo, oliendo a tinta, a cuero y a polvo. Había escrito no un tratado, sino una advertencia y una esperanza tejidas con los hilos ásperos de la historia. Un recordatorio de que el pueblo de Dios siempre camina entre la liberación y la tierra prometida, por un desierto donde los huesos de los que cayeron por confianza mal puesta brillan bajo el sol, señalando el camino que no se debe tomar. Y al final, la promesa no era de un camino fácil, sino de una presencia fiel en el camino difícil.
Dobló el papiro con manos callosas. Que lo entendieran. Que lo sintieran. Que vieran el desierto desde sus cómodas casas en Corinto.
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