Historia bíblica

José y la Providencia de Dios en Egipto

**José y la Provisión de Dios en Egipto** En los días en que el hambre asolaba la tierra, José, el gobernador de Egipto, actuó con sabiduría y compasión. Tras reunirse con sus hermanos y reconciliarse con ellos, llevó a su padre,...

Biblia Sagrada

**José y la Provisión de Dios en Egipto**

En los días en que el hambre asolaba la tierra, José, el gobernador de Egipto, actuó con sabiduría y compasión. Tras reunirse con sus hermanos y reconciliarse con ellos, llevó a su padre, Jacob, y a toda su familia ante el faraón. El anciano patriarca, de rostro surcado por los años y la esperanza, bendijo al soberano egipcio con palabras llenas de gracia. El faraón, impresionado por la dignidad de aquel hombre, les concedió la mejor tierra: la región de Gosén, fértil y cercana al Nilo, donde podrían pastorear sus rebaños sin restricciones.

Mientras el hambre se extendía, el pueblo de Egipto y de Canaán clamaba por alimento. José, recordando los sueños que Dios le había dado en su juventud, administró con justicia los graneros repletos de trigo. Al principio, los egipcios compraron grano con plata y oro, pero cuando se agotaron sus riquezas, acudieron a José suplicando ayuda.

—¡No podemos morir de hambre delante de ti! —gritaban, postrándose ante él con rostros demacrados y manos temblorosas.

José, movido por misericordia pero también por la responsabilidad que Dios le había encomendado, les propuso un acuerdo:

—Traed vuestro ganado, y a cambio os daré pan.

Así, los egipcios cambiaron sus caballos, ovejas, vacas y asnos por provisiones. Durante aquel año, José reunió para el faraón incontables rebaños, y el pueblo sobrevivió. Pero al siguiente año, cuando la tierra seguía estéril y no quedaba nada más que dar, los egipcios volvieron con desesperación.

—¿Qué nos queda sino nuestros cuerpos y nuestras tierras? —exclamaron—. Cómpranos a nosotros y a nuestra tierra a cambio de comida, y seremos siervos del faraón.

José, con la autoridad que le había sido conferida, aceptó su propuesta. Adquirió todas las tierras de Egipto para el faraón, excepto las de los sacerdotes, a quienes el faraón les había asignado una porción fija. Luego, estableció una ley justa: el pueblo podría trabajar la tierra y, a cambio de la semilla que les proveería, entregarían una quinta parte de la cosecha al faraón, quedándose el resto para su sustento.

Los egipcios, agradecidos, exclamaron:

—¡Nos has salvado la vida! Encontraremos gracia ante los ojos de nuestro señor, y seremos siervos del faraón.

Así, Egipto prosperó bajo el gobierno de José, y la familia de Israel se multiplicó en Gosén, como Dios lo había prometido a Abraham, Isaac y Jacob.

Mientras tanto, Jacob, sintiendo que sus días en la tierra se acortaban, llamó a José y le hizo jurar que no lo enterraría en Egipto, sino que lo llevaría a la tierra de sus padres, donde yacían sus antepasados. José, fiel a su padre, juró cumplir su deseo.

Y así, en medio del hambre y la prueba, la mano de Dios se manifestó, sosteniendo no solo a los egipcios, sino también al pueblo escogido, cumpliendo así sus promesas a través de la sabiduría y la fidelidad de José.