**La Alianza Peligrosa y la Profecía de Micaías**
En los días del reinado de Josafat, rey de Judá, hubo paz entre Judá e Israel. Josafat, hombre piadoso que buscaba al Señor con todo su corazón, había fortalecido su reino y enseñado la ley de Dios a su pueblo. Sin embargo, un día decidió aliarse con Acab, rey de Israel, por medio de un matrimonio político: su hijo Joram se casó con Atalía, hija de Acab.
Años después, Josafat viajó a Samaria para visitar a Acab, quien lo recibió con gran pompa. Durante un banquete en el palacio, Acab, vestido con ropas de púrpura y oro, se dirigió a Josafat con palabras aduladoras:
—Hermano mío, ¿irías conmigo a la guerra contra Ramot de Galaad? Es nuestra tierra, pero los sirios la ocupan.
Josafat, aunque prudente, no rechazó de inmediato la propuesta. En lugar de eso, respondió:
—Yo soy como tú, y mi pueblo como el tuyo. Iremos contigo a la guerra. Pero antes, consultemos la palabra del Señor.
Acab, que rara vez buscaba la voluntad de Dios, reunió a cuatrocientos profetas de su corte, hombres que decían hablar en nombre del Señor pero que solo adulaban al rey. Vestidos con túnicas blancas y coronas de laurel, se presentaron en el gran atrio del palacio. Uno de ellos, Sedequías, llevaba cuernos de hierro en sus manos y proclamó con voz estentórea:
—¡Así dice el Señor! Con estos cuernos herirás a los sirios hasta acabarlos.
Los demás profetas corearon:
—¡Sube a Ramot de Galaad, y el Señor la entregará en manos del rey!
Pero Josafat, escudriñando sus corazones, sintió inquietud.
—¿No hay aquí algún otro profeta del Señor, para que consultemos por medio de él?
Acab frunció el ceño, pero respondió:
—Queda uno más, Micaías hijo de Imla, pero lo odio porque nunca profetiza bien acerca de mí, sino sólo mal.
Josafat insistió:
—No hable el rey así.
Entonces Acab ordenó que trajeran a Micaías. Mientras esperaban, los mensajeros del rey advirtieron al profeta:
—Mira, todos los profetas hablan unánimemente bien al rey. Sé que tu palabra sea como la de ellos.
Micaías, hombre delgado de mirada penetrante y vestido con un sencillo manto de pelo de camello, respondió con firmeza:
—Vive el Señor, que lo que mi Dios me diga, eso hablaré.
Al llegar ante los reyes, Acab, sentado en su trono adornado de marfil, le preguntó con sarcasmo:
—Micaías, ¿iremos a Ramot de Galaad a pelear, o me abstendré?
Micaías, sin temor, respondió al principio con ironía:
—Sube, y serás prosperado, pues serán entregados en tus manos.
Pero Acab, percibiendo su tono, le gritó:
—¿Cuántas veces tendré que hacerte jurar que no me hables sino la verdad en el nombre del Señor?
Entonces Micaías, lleno del Espíritu de Dios, alzó su voz:
—He visto a todo Israel esparcido por los montes, como ovejas que no tienen pastor. Y el Señor dijo: “Estos no tienen señor; vuélvase cada uno a su casa en paz”.
Acab, furioso, murmuró a Josafat:
—¿Ves? ¡Este siempre profetiza mal contra mí!
Pero Micaías continuó:
—Escucha, Acab. He visto al Señor sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba a su derecha y a su izquierda. Y el Señor preguntó: “¿Quién inducirá a Acab para que suba y caiga en Ramot de Galaad?” Y un espíritu se presentó y dijo: “Yo lo induciré”. El Señor le preguntó: “¿De qué manera?” Y él respondió: “Saldré y seré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas”. Entonces el Señor dijo: “Tú lo inducirás, y lo lograrás. Ve y hazlo”.
Sedequías, el falso profeta, se acercó entonces y abofeteó a Micaías, gritando:
—¿Por qué camino se apartó de mí el Espíritu del Señor para hablarte a ti?
Micaías, sereno, respondió:
—Tú lo verás el día en que entres de cuarto en cuarto para esconderte.
Acab, lleno de ira, ordenó:
—¡Llévenlo a la cárcel! Que no coma sino pan de aflicción y agua de angustia hasta que yo regrese en paz.
Micaías, siendo arrastrado por los guardias, declaró una última vez:
—Si vuelves en paz, el Señor no ha hablado por mí.
**La Batalla y la Muerte de Acab**
A pesar de la advertencia, Acab y Josafat marcharon hacia Ramot de Galaad. Pero Acab, temeroso, se disfrazó como un soldado común, mientras que persuadió a Josafat a vestir sus ropas reales.
Al comenzar la batalla, los capitanes sirios, creyendo que Josafat era el rey de Israel, lo rodearon. Josafat gritó, y el Señor lo libró, haciendo que los sirios reconocieran que no era Acab. Sin embargo, un soldado enemigo disparó una flecha al azar, y esta traspasó las junturas de la armadura de Acab. Herido de muerte, el rey israelita fue llevado a su carro, donde agonizó mientras la batalla rugía. Al caer la tarde, murió, y su sangre se mezcló con el agua del carro.
Cuando llegaron a Samaria, los perros lamieron su sangre, cumpliéndose así la palabra del Señor pronunciada por Elías años atrás.
Josafat, aunque humillado por su alianza con Acab, regresó a Jerusalén, donde el profeta Jehú lo reprendió:
—¿Al impío das ayuda, y amas a los que aborrecen al Señor?
Arrepentido, Josafat volvió a buscar al Señor con todo su corazón, enseñando al pueblo a apartarse de los ídolos.
Así, la historia de Acab y Josafat mostró la necedad de confiar en profetas mentirosos y la fidelidad de Dios, quien siempre cumple sus palabras, sean de juicio o de misericordia.
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