**La Ofrenda Generosa del Rey David**
El sol comenzaba a descender sobre Jerusalén, tiñendo el cielo de tonos dorados y púrpuras, mientras el rey David, ya anciano pero lleno de un fervor sagrado, se levantaba frente a la asamblea de Israel. El aire estaba cargado de emoción, pues ese día no era uno cualquiera: era el momento en que el pueblo de Dios se reuniría para consagrar sus tesoros en la construcción del templo del Señor.
David, con su túnica real y su barba plateada por los años, se puso de pie frente a los líderes, los guerreros, los sacerdotes y las familias enteras que habían acudido al llamado. Su voz, aunque gastada por el tiempo, retumbó con autoridad y devoción:
—"Escuchadme, hermanos y pueblo mío. Mi hijo Salomón, a quien Dios ha escogido, es aún joven y la obra es grande, porque este palacio no es para hombre alguno, sino para el Señor Dios. Con todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios oro, plata, bronce, hierro, madera de cedro, piedras preciosas y mármol en abundancia. Pero además, porque amo la casa de mi Dios, hoy entrego de mi propio tesoro tres mil talentos de oro de Ofir y siete mil talentos de plata refinada para revestir las paredes del santuario."
Al pronunciar estas palabras, los ojos de David brillaban con lágrimas de gratitud. No era solo una ofrenda material; era el fruto de una vida dedicada a Jehová, el Dios que lo había levantado de pastor a rey.
Los príncipes de las tribus, los jefes de las familias, los capitanes del ejército y los administradores del reino, al ver la generosidad de su rey, se sintieron movidos en sus corazones. Uno a uno, se levantaron para presentar sus dones.
—"Nosotros, siervos tuyos, también daremos con alegría," declaró Jehiel, de la casa de Gersón. Y así, las familias de los levitas, los hijos de Coat, los hijos de Merari y los hijos de Israel trajeron cinco mil talentos de oro, diez mil dracmas de plata, dieciocho mil talentos de bronce y cien mil talentos de hierro.
Las riquezas se acumularon en medio del atrio, brillando bajo la luz del atardecer como un testimonio de la fidelidad del pueblo. Los sacerdotes, vestidos de lino fino, contaban y separaban cada ofrenda con reverencia, mientras los levitas entonaban cánticos de alabanza.
Entonces David, lleno del Espíritu, alzó su rostro al cielo y oró con voz potente:
—"Bendito eres, oh Señor, Dios de Israel nuestro padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo es el reino, oh Jehová, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la honra proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos."
El pueblo, arrodillado, respondió con un clamor unánime: —"¡Amén! ¡Alabado sea Jehová!"
Al día siguiente, Salomón fue ungido oficialmente como rey, y toda la nación se regocijó con gran alegría. Comieron y bebieron ante el Señor con gozo indescriptible, reconociendo que todo lo que tenían venía de la mano generosa de Dios.
Y así, con corazones llenos de gratitud y manos abiertas, el pueblo de Israel consagró no solo sus riquezas, sino sus vidas, al servicio del Altísimo. Porque entendieron que la verdadera adoración no está en lo que se da, sino en el amor con que se entrega.
**Fin.**
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