**El Canto de las Naciones: Una Historia Inspirada en el Salmo 67**
En los días antiguos, cuando la tierra aún resonaba con los ecos de las promesas de Dios a Abraham, hubo un tiempo en que las naciones vivían en tinieblas, ajenas a la luz del Altísimo. Pero en medio de ellas, Israel, el pueblo escogido, brillaba como una antorcha en la oscuridad, recordando al mundo que el Señor, el Dios de Jacob, era misericordioso y fiel.
En una pequeña aldea cerca de las colinas de Judá, vivía un hombre llamado Elkanah, un levita que servía en el tabernáculo de Silo. Era un hombre de profunda fe, y cada noche, antes de dormir, recitaba las palabras del Salmo que hablaba de la bendición de Dios extendiéndose a todas las naciones: *"Que Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga; que haga resplandecer su rostro sobre nosotros"*.
Una tarde, mientras Elkanah meditaba en estas palabras, un grupo de mercaderes extranjeros llegó a la aldea. Eran egipcios, hombres de tez morena y vestiduras finas, que viajaban por las rutas comerciales llevando especias y telas preciosas. Uno de ellos, llamado Amón, se acercó a Elkanah con curiosidad.
—He oído que vuestro Dios es poderoso —dijo Amón—. Pero, ¿es solo el Dios de Israel, o también se preocupa por los demás pueblos?
Elkanah sonrió, recordando las palabras del salmista.
—El Señor no es solo nuestro Dios —respondió—. Él es el Creador de todos los hombres, y su deseo es que toda la tierra le conozca. Él nos bendice para que su salvación llegue hasta los confines del mundo.
Amón frunció el ceño, intrigado.
—En Egipto, los dioses solo protegen a los egipcios. ¿Cómo puede un Dios amar también a los extranjeros?
Elkanah lo llevó a un lugar tranquilo, bajo la sombra de un olivo, y comenzó a narrarle la historia de su pueblo: cómo Dios había liberado a Israel de Egipto, cómo les había guiado por el desierto y cómo su misericordia era tan grande como los cielos.
—El salmista dice —continuó Elkanah—: *"Que te alaben los pueblos, oh Dios; que todos los pueblos te alaben. Que las naciones se alegren y canten con júbilo, porque tú gobiernas los pueblos con justicia y guías a las naciones de la tierra"*.
Amón escuchó con atención, y algo en su corazón comenzó a arder. Esa noche, mientras los mercaderes acampaban cerca del pueblo, Amón no podía dormir. Las palabras de Elkanah resonaban en su mente. Al amanecer, se acercó nuevamente al levita.
—Quiero conocer más de tu Dios —confesó—. Si Él es verdaderamente el Señor de toda la tierra, entonces también puede ser mi Dios.
Elkanah lo abrazó con alegría.
—Y así será —dijo—. Porque el propósito de Dios no es solo bendecirnos a nosotros, sino que todas las naciones le conozcan y le adoren.
En los días siguientes, Amón y sus compañeros permanecieron en la aldea, aprendiendo de las Escrituras y uniéndose a los israelitas en sus oraciones. Cuando finalmente partieron de regreso a Egipto, llevaban consigo no solo mercancías, sino también la semilla de la fe.
Años más tarde, se corrió la noticia de que en Menfis, una ciudad egipcia, un pequeño grupo de hombres y mujeres se reunía en secreto para adorar al Dios de Israel. Eran los primeros frutos de lo que el salmista había profetizado: las naciones alabando al Señor.
Y así, la oración del Salmo 67 se cumplía poco a poco: *"La tierra ha dado su fruto; nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga, y le teman todos los confines de la tierra"*.
La historia de Elkanah y Amón era solo el principio. Porque el plan de Dios siempre fue grande: que su luz brillara sobre todos los pueblos, que su misericordia alcanzara a toda criatura, y que un día, en cada lengua y en cada nación, se escuchara el mismo clamor: *"¡Alabado sea el Señor, el Dios de toda la tierra!"*.
Y así será, por los siglos de los siglos. Amén.
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