Nehemías llora por Jerusalén y confía en Dios (96 caracteres)

**El Lamento de Nehemías y la Fidelidad de Dios** En los días del imperio persa, cuando Artajerjes era rey, vivía en la ciudad de Susa un hombre llamado Nehemías, hijo de Hacalías. Nehemías ocupaba un puesto de gran honor: era el...

Nehemías llora por Jerusalén y confía en Dios  

(96 caracteres)

**El Lamento de Nehemías y la Fidelidad de Dios**

En los días del imperio persa, cuando Artajerjes era rey, vivía en la ciudad de Susa un hombre llamado Nehemías, hijo de Hacalías. Nehemías ocupaba un puesto de gran honor: era el copero del rey, un cargo que implicaba no solo servir el vino, sino también ganarse la confianza del monarca. Sin embargo, a pesar de su posición privilegiada, su corazón estaba lejos de los lujos de la corte.

Una tarde, mientras el sol dorado se inclinaba sobre los jardines del palacio, llegaron a Susa unos hombres procedentes de Judá. Entre ellos estaba Hananí, uno de los hermanos de Nehemías. Ansioso por saber noticias de su tierra, Nehemías los recibió con premura.

—¿Cómo están los judíos que regresaron del exilio? —preguntó Nehemías, inclinándose hacia adelante, sus ojos llenos de preocupación.

Hananí bajó la mirada y, con voz quebrantada, respondió: —Los que sobrevivieron al cautiverio están en gran aflicción y oprobio. El muro de Jerusalén está derribado, y sus puertas, consumidas por el fuego.

Al escuchar estas palabras, Nehemías sintió como si una espada atravesara su corazón. Jerusalén, la ciudad amada, la morada de Dios, yacía en ruinas. Aunque el templo había sido reconstruido años atrás, los muros seguían destrozados, dejando a sus habitantes expuestos al peligro y la burla de las naciones vecinas.

Nehemías no pudo contener su dolor. Cayó de rodillas, rasgó sus vestiduras en señal de duelo y se cubrió de ceniza, como era costumbre en los tiempos de profunda aflicción. Durante días, lloró y ayunó, clamando al Dios de los cielos.

Finalmente, en medio de su quebranto, alzó su voz en oración:

—*"Oh Señor, Dios de los cielos, grande y temible, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y obedecen tus mandamientos…"*

Su súplica era un eco de las palabras de Moisés y Daniel, reconociendo la justicia de Dios y la infidelidad de su pueblo. Confesó los pecados de Israel, admitiendo que ni él ni sus padres habían seguido fielmente la ley divina. Pero en medio de su confesión, recordó las promesas de Dios:

—*"Si sois infieles, yo seré fiel, porque no puedo negarme a mí mismo."*

Nehemías recordó cómo el Señor había prometido restaurar a su pueblo si se volvían a Él de todo corazón. Con lágrimas en los ojos, suplicó:

—*"Te ruego, oh Señor, que estén atentos tus oídos a la oración de tu siervo… concede hoy buen éxito a tu siervo."*

Su oración no era solo un lamento, sino un acto de fe. Sabía que, aunque los muros de Jerusalén estaban en ruinas, el Dios que había liberado a Israel de Egipto y de Babilonia podía levantarlos de nuevo.

Mientras terminaba su clamor, una paz sobrenatural llenó su corazón. Nehemías se levantó del polvo, decidido a actuar. Sabía que el rey Artajerjes podía ser la herramienta que Dios usaría para cumplir su propósito. Con valentía, se secó las lágrimas y se preparó para presentarse ante el monarca, confiando en que el mismo Dios que escuchó su oración abriría las puertas para la restauración.

Así, en medio de la desolación, la fe de un hombre se convirtió en el cimiento de un gran avivamiento. Porque Nehemías no solo lloró por las ruinas, sino que creyó en el poder de Dios para reconstruirlas.

Y el Señor, fiel a sus promesas, estaba a punto de actuar.

Comentarios

Comentarios 0

Lee la conversación y suma tu voz.

Solo para miembros

Inicia sesión para unirte a la conversación

Vinculamos los comentarios a cuentas reales para que la conversación siga siendo limpia y confiable.

Todavía no hay comentarios. Sé el primero en escribir.